Lo que hay detrás del desayuno infantil
16 octubre, 2026

Artículo de opinión de Marta Herrero, coordinadora de Justicia Alimentaria en el País Valencià
Publicado de manera original en Diari La Veu
Un zumo envasado, unas galletas, un batido de chocolate o una pieza de bollería. A primera vista, el desayuno o el almuerzo que cualquier niño o niña puede llevar al colegio parece una cuestión cotidiana y bastante sencilla. Pero si seguimos el rastro de esos alimentos, la historia se complica.
Aparecen el azúcar y los productos ultraprocesados, pero también la publicidad que condiciona nuestras elecciones, el precio de los alimentos o las condiciones de vida de las familias. Y, si seguimos tirando del hilo, aparecen territorios situados a miles de kilómetros donde la producción de materias primas como el cacao o el aceite de palma deja importantes impactos sociales y ambientales, grandes empresas alimentarias y cadenas globales de producción que difícilmente imaginamos cuando abrimos una bolsa de galletas.
En realidad, ese desayuno aparentemente insignificante dice mucho sobre cómo funciona nuestro sistema alimentario.
Durante años hemos abordado la alimentación saludable fundamentalmente desde la información. Hay que comer más fruta y verdura, reducir el azúcar, evitar el exceso de productos ultraprocesados, beber agua en lugar de refrescos. Son recomendaciones necesarias. El problema aparece cuando asumimos que conocerlas es suficiente para poder cumplirlas.
Porque saber qué deberíamos comer no significa necesariamente poder comerlo.
No todas las personas elegimos desde el mismo lugar
Comer es una de las decisiones más cotidianas que tomamos y, al mismo tiempo, una de las más condicionadas. Elegimos qué compramos, qué cocinamos o qué ponemos en la mochila para el almuerzo, pero siempre elegimos dentro de unas determinadas posibilidades.
La actual crisis de acceso a la vivienda lo muestra con especial claridad. Cuando una parte cada vez mayor de los ingresos familiares tiene que destinarse a pagar el alquiler o la hipoteca, el margen para cubrir el resto de necesidades se estrecha. Y mientras hay gastos difícilmente modificables de un mes para otro, la alimentación acaba convirtiéndose muchas veces en una de las partidas sobre las que sí se puede recortar.
La cesta de la compra no depende únicamente de cuánto sabemos sobre nutrición. Depende también de cuánto dinero nos queda después de pagar la vivienda, la energía o el transporte; de los horarios laborales y el tiempo disponible para cocinar; de las tareas de cuidados; de los comercios que tenemos cerca; y de un entorno alimentario en el que determinados productos son baratos, accesibles y omnipresentes.
Por eso resulta especialmente problemático abordar la alimentación en contextos de vulnerabilidad únicamente desde la responsabilidad individual. Cuando reducimos el problema a decirle a una familia qué debería comprar o qué debería dejar de comer, corremos el riesgo de convertir una desigualdad social en una suma de malas decisiones personales.
La pregunta, entonces, cambia: ¿qué condiciones estamos creando como sociedad para que todas las personas puedan acceder a una alimentación saludable, sostenible y adecuada?
Hacernos esta pregunta supone pasar de hablar únicamente de la promoción de hábitos saludables a hablar también del derecho a la alimentación.
Llevar esta conversación a las aulas
Esta reflexión está en el origen de COMER CON DERECHOS, el nuevo proyecto que Justicia Alimentaria y Algemesí Solidari están desarrollando con financiación de la Generalitat Valenciana en centros educativos situados en contextos de especial vulnerabilidad y con alumnado de Formación Profesional que se prepara para trabajar en el ámbito social.
En las aulas de Primaria, hablar de alimentación significa empezar por algo tan cercano como lo que desayunamos o merendamos cada día, utilizando esos alimentos cotidianos como punto de partida para hacernos preguntas.
Un paquete de galletas puede convertirse así en una pequeña investigación. ¿Cuánto azúcar contiene? ¿Cómo nos lo venden? ¿De dónde vienen sus ingredientes? Pero también: ¿por qué encontramos este tipo de productos prácticamente en cualquier lugar y a cualquier hora? ¿Y qué hay detrás de que hayan acabado formando parte habitual de nuestra dieta habitual?
No se trata de clasificar los desayunos del alumnado entre correctos e incorrectos ni de señalar lo que cada familia pone en una mochila. Se trata de utilizar aquello que comemos para aprender a mirar lo que normalmente no vemos.
Detrás de un alimento hay salud, pero también agricultura, territorio, publicidad, condiciones laborales, impactos ambientales y relaciones económicas. Un desayuno puede ser, por tanto, un buen punto de partida para entender que nuestras elecciones cotidianas forman parte de un sistema alimentario mucho más amplio.
Quienes acompañan también necesitan otra mirada
Pero trabajar con niños y niñas es solo una parte de la ecuación. Muchas de las personas que actualmente estudian Integración Social u otros ciclos de la familia sociocomunitaria de Formación Profesional acabarán trabajando en servicios sociales, asociaciones, centros de menores o programas de acompañamiento. Y es muy probable que la alimentación aparezca en algún momento de su práctica profesional: acompañando a una familia con dificultades económicas, trabajando hábitos de salud o participando en programas de ayuda alimentaria.
La cuestión es con qué herramientas y desde qué mirada van a hacerlo.
Porque intervenir sobre alimentación no debería consistir únicamente en transmitir recomendaciones nutricionales. Requiere entender la alimentación como una cuestión atravesada por la desigualdad y preguntarse también por el tipo de respuestas que ofrecemos: si garantizan autonomía o generan dependencia, si reconocen los saberes y las culturas alimentarias de las personas o los sustituyen, y si contribuyen a garantizar derechos o se limitan a paliar necesidades.
Formar a quienes mañana trabajarán acompañando a personas en situaciones de vulnerabilidad implica también incorporar estas preguntas. No para dejar de hablar de salud, sino para hacerlo sin convertirla en una nueva forma de culpabilización.
De enseñar a elegir a garantizar derechos
Mirar la alimentación desde esta perspectiva también obliga a ampliar las respuestas. La educación alimentaria es necesaria, pero por sí sola difícilmente puede transformar las condiciones que determinan qué alimentos encontramos, cuánto cuestan o quién puede acceder a ellos.
Ahí las políticas públicas tienen un papel fundamental. La compra pública alimentaria puede permitir que escuelas, hospitales o residencias garanticen menús saludables y sostenibles y, al mismo tiempo, apoyen a la producción local. La promoción de los mercados municipales y los mercados de productores pueden acercar alimentos frescos y de proximidad a los barrios y fortalecer los circuitos alimentarios locales. Y propuestas como los supermercados públicos plantean algo todavía poco explorado: que las administraciones puedan intervenir directamente para facilitar el acceso a alimentos de calidad a precios asequibles.
Son herramientas diferentes, pero comparten una misma idea: si queremos que todas las personas puedan comer bien, no basta con decirles qué deberían comer. También tenemos que ocuparnos de qué alimentos se producen, dónde se venden, cuánto cuestan y quién puede acceder a ellos.
Quizá llevamos demasiado tiempo poniendo el foco en enseñar a elegir mejor. También deberíamos empezar a preguntarnos qué podemos hacer para que elegir bien no sea tan difícil.
*Foto de Annie Spratt en Unsplash