Tope a los precios de la alimentación básica YA!

Campaña para limitar el precio de los alimentos básicos y saludables

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¿Qué está pasando? Una subida de precios descomunal

Nos encontramos en medio de una emergencia alimentaria.

El aumento del precio de los alimentos no es solo una consecuencia coyuntural de conflictos internacionales o crisis energéticas. Es el resultado de un sistema alimentario profundamente dependiente de los combustibles fósiles, de cadenas de suministro largas y de mercados cada vez más concentrados.

Hoy sabemos que gran parte de la producción agrícola industrial depende del gas natural. Los fertilizantes, el transporte y la distribución están directamente ligados a la energía fósil. Esto provoca que cualquier crisis energética o geopolítica tenga un impacto inmediato en el precio de los alimentos.

El resultado es claro: los precios suben, pero no para todos por igual.

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Según el IPC de diciembre de 2022 -Índice de Precios al Consumo-, la alimentación ha subido de media un 15,7 %, la cifra más alta conocida desde el comienzo de la serie calculada por el Instituto Nacional de Estadística, en enero de 1994. Esto representa un incremento medio de más de 80 euros mensuales por hogar.

Aunque la media ya es una cifra mareante, algunos de los alimentos básicos han subido aún más, muy por encima de la media: los cereales, un 22,7 %, los huevos, un 29,8, la leche, un 37,2 , los productos lácteos, un 23,4, las patatas, un 22,6, las legumbres y hortalizas frescas, un 12,3, o la fruta fresca, un 7,3 por ciento.

Además, otros productos habituales de la cesta de la compra como la carne de ave o el pan han subido un 15,1 y un 15,4 por ciento respectivamente, y el pescado fresco o refrigerado, un 8,1%, y productos igualmente básicos y, lo más importante, fundamentales en una dieta saludable, como las legumbres y hortalizas frescas, cuestan un 12,3 por ciento más.

En este contexto, los precios siguen aumentando de forma desproporcionada. Según el IPC, la alimentación ha llegado a subir de media un 15,7 %, la cifra más alta desde 1994, lo que representa un incremento de más de 80 euros mensuales por hogar.

Algunos alimentos básicos han subido incluso por encima de la media: cereales, huevos, leche, patatas, legumbres o productos frescos. Es decir, aquellos productos fundamentales para una dieta saludable son precisamente los que más se encarecen.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la población destina de media un 17 % de sus ingresos a la alimentación, pero en el caso de las clases populares esta cifra asciende al 22 %, es decir, casi una cuarta parte de sus ingresos.

Si a esto le sumamos el coste de la vivienda, que puede alcanzar entre el 37 % y el 44 % de los ingresos, la consecuencia es clara: dos de cada tres euros de muchos hogares se destinan únicamente a comer y a tener un techo.

No estamos solo ante una subida de precios. Estamos ante una vulneración del derecho a la alimentación.

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Efectos sobre la salud

El incremento de precios de la alimentación básica tiene como efecto inmediato, la alteración de las dietas de la población basculándolas hacia opciones menos saludables pero más baratas. Ello implica un efecto directo sobre la salud. Todo ello no hace sino empujar, todavía más, a las clases populares a un incremento de enfermedades asociadas a las dietas insanas, ya de por sí, en cifras del todo inaceptables.

Así vemos como en los últimos 20 años, la dieta de los países occidentales ha cambiado mucho y el 70 % de lo que comemos son alimentos procesados con altas tasas de azúcares, grasas y sal.

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Estos ingredientes provocan que, solo en el Estado español, un 40-55 % de las dolencias cardiovasculares, un 45 % de las diabetes y un 30-40 % de algunos cánceres, como los de estómago y colon, pueden atribuirse a la alimentación insana.

Una estimación del impacto económico de las enfermedades asociadas a una dieta insana nos ayuda a poner sobre la mesa la magnitud del problema: 20.000 millones de euros anuales, el 20 % del presupuesto destinado a sanidad.

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Reducción del consumo de alimentos

El resultado en el consumo alimentario es ya evidente.

los hogares españoles redujeron, de media, el consumo de alimentos un 7,8 % respecto al mismo momento del año anterior. Comemos un 11 % menos de carne, un 17 % de pescado, un 12 % de frutas frescas, un 11,4 % de hortalizas y un 5 % menos de leche. El trasvase se está produciendo de alimentación fresca y saludable a la procesada insana.

A pesar de haber reducido drásticamente el consumo de alimentos, dado que cada vez son más caros, el gasto en alimentación ha aumentado un 3 %. Es decir, comemos casi un 8 % menos pero ese 8 % nos cuesta un 3 % más.

El papel de los grandes actores de la cadena alimentaria

Esta crisis no puede explicarse únicamente por el aumento de costes.

El sistema alimentario actual está altamente concentrado y permite que determinados actores acumulen beneficios incluso en contextos de crisis.

Diversos estudios muestran que los beneficios empresariales han sido responsables de una parte muy significativa del aumento de los precios. Las grandes empresas han trasladado el incremento de costes al consumidor final, manteniendo o incluso aumentando sus márgenes.

Esto pone de manifiesto un problema estructural: la falta de regulación y control en la cadena alimentaria, así como la creciente financiarización de los alimentos, que los convierte en objeto de especulación.

Pobreza al alza

El acceso a la alimentación se está convirtiendo en un factor más de desigualdad.

En España, 13,1 millones de personas (un 27,8 % de la población) están en riesgo de pobreza o exclusión social. Casi una de cada tres personas.

Además, cerca del 45 % de la población tiene dificultades para llegar a fin de mes.

La desigualdad sigue creciendo: el 20 % más rico de la población tiene una renta 6,2 veces superior al 20 % más pobre.

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El índice Gini (que mide la desigualdad) indica que para el Estado español es 2,9 puntos superior a la media europea, situándose como el sexto país más desigual de Europa, superado solamente por Bulgaria, Letonia, Lituania, Portugal y Rumania.

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¿Qué queremos conseguir?

Justicia Alimentaria reclama urgentemente medidas para contener la subida de precios en la alimentación:

1. Regulación de precios y control de la cadena alimentaria.

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– Limitación del precio de los alimentos básicos.

– Transformar el actual Observatorio de precios en un órgano que control y vigilancia en tiempo real que detecte y sanciones las prácticas especulativas y los de abusos en los precios de alimentos básicos a lo largo de toda la cadena alimentaria, así como garantizar la transparencia de la información.

– Norma que limite y prohíba la práctica de la reduflación (es decir la cantidad de producto que se vende al consumidor manteniendo o incluso elevando, en algunos casos, su precio).

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2. Comedores universales y gratuitos.

Garantizar al menos una comida saludable al día para toda la infancia.

3. Protección social.

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– Establecimiento de un bono social para familias con menos recursos, asegurando el acceso a alimentos básicos.

– Gratuidad de los comedores escolares.

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4. Inversión en infraestructura y distribución.

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– Creación e implementación de un plan de infraestructuras públicas alimentarias que sirva para desplegar una red pública que actúe como contrapeso a los abusos comerciales de las cadenas alimentarias privadas y asegurar así una alimentación saludable para la población. Actuaciones como la recuperación e intervención de mercados municipales, la creación de supermercados públicos, la creación y ampliación de almacenes y centros de estocaje, mataderos municipales, obradores cooperativos y otros centros de transformación, etc.

– Creación e implementación de un Plan nacional de seguridad alimentaria que asegure el suministro local de alimentos básicos en situaciones de alteración y volatilidad de las redes de suministro global, que incluya el establecimiento de reservas estratégicas de stock de alimentos básicos en el país.

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5. Prohibición de la especulación alimentaria en los mercados bursátiles.

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– Limitar de manera estricta las posiciones especulativas sobre los alimentos de manera que, de facto, se eliminen las situaciones especulativas desmesuradas y de graves efectos negativos para la sociedad.

– Eliminar herramientas financieras diseñadas específicamente para especular masivamente con los alimentos y que ha sido extensamente demostrada su negativa influencia sobre los mercados.

– Excluir a los agentes comerciales con finalidad exclusivamente especulativa de los mercados financieros de alimentos.

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6. Ayudas al sector agrario.

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– Ayudas para la reducción de la dependencia de fertilizantes y pesticidas, así como para los sistemas alimentarios locales que sirvan para reforzar la resiliencia alimentaria del país.

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Justicia Alimentaria recuerda que el aumento del precio de los alimentos no es una cuestión puntual ni coyuntural por la crisis como consecuencia de la guerra. Se trata de un fenómeno estructural sobre el que llevamos años alertando. Por  ello, exigimos políticas públicas que, más allá de medidas reactivas, contemplen la alimentación como un derecho al que se debe acceder en condiciones justas, saludables y sostenibles.

Firma para reclamar al Gobierno medidas urgentes para contener la subida de precios en la alimentación y que se garantice el acceso a una alimentación saludable, justa y sostenible para todos. 

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